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Carmen Gómez Mont
Investigadora
ENTRE LA RISA Y EL HORROR,
LA CELEBRACIÓN DEL DÍA DE MUERTOS EN
MÉXICO |
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Son
pocas, realmente muy pocas, las tradiciones prehispánicas
que pudieron pasar a la cultura mestiza mexicana. De entre ellas
vale la pena destacar la conmemoración del Día
de Muertos porque así convino en ese momento a los intereses
de la Iglesia Católica; era, según ellos, un ritual
pagano que podría traducirse a los principios de la religión
y acercar así a los indígenas a sus dogmas.
Cuando hoy contemplamos la intensidad con que se vive el Día
de Muertos en México, podemos imaginar la fuerza de
la cultura indígena y por qué ha perdurado a lo largo
de los siglos. |
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El
Día de Muertos, como comúnmente lo llamamos
en México, es una ofrenda que se arma de mil maneras según
las culturas y los recursos: es una calavera (cráneo) de
azúcar que comen irónicamente los niños quienes
desde pequeños aprenden a reírse de ella, pan de azúcar
y huesos azucarados que todos queremos comer, es la recreación
de una catrina en papel picado de tenues colores que caricaturiza
a la muerte a través de una calaca enjoyada que danza y se
ríe de nosotros, pobres mortales.
Hay mil maneras de conmemorar el Día de Muertos
en México pero lo realmente sobrecogedor lo constituyen las
ofrendas indígenas, es decir, un ritual que consiste en cocinar
una cena con la comida favorita del querido difunto, ofrenda que
habrá de llevarse a un cementerio y ofrecérsela ahí
mismo. Sobre las tumbas se extienden platos, ollas, velas, incienso
y flores de intensos colores; aromas que se desprenden a lo largo
de una noche intensa y estrellada que poco a poco deja bajar la
neblina. Esa noche millones de velas iluminan los cementerios mexicanos
en las ciudades o en el campo. Cada uno, entonces, alejado del bullicio
de las ciudades, entre la neblina y el frío, crea y recrea
canales de comunicación y expresión profunda ante
el ser querido desaparecido. |
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