|
Conocí a Daniel Jones hace seis años y en nuestra primera conversación ya advertí claramente que tenía ante mí a alguien excepcional. Me sonrió, con aquel tono amable y a la vez irónico que tanto me cautivaba, y me dijo: "¡Ah! Tú eres Isabel Fernández ¡Mucho gusto! Conocí la existencia de la Universidad Católica de Murcia gracias a tu libro". El libro se había publicado apenas tres meses antes y yo era para todos una gran desconocida. Para todos salvo para él, que ya se había leído el texto.
Dudo que pueda encontrar nunca a otra persona con una visión tan completa de la producción científica sobre Comunicación en el ámbito latino. Se compraba todas las novedades bibliográficas, revisaba todas las revistas científicas y era, además, un ávido lector de prensa económica y de diarios y semanarios de información general.
Le apasionaba el análisis crítico de las dinámicas del poder y en concreto las relaciones entre el poder y los medios, sin dejar nunca de lado la perspectiva económica y la dimensión histórica, que planean sobre toda su obra. Una obra, con una más que notable amplitud de miras, tejida minuciosamente desde posiciones marginales, en el entorno o en el seno de una universidad a la que se dedicó intensamente pese a los continuos desplantes que padeció.
La dimensión de su producción y el desgarro que siento me impiden hacer ahora una valoración rigurosa de su quehacer científico. Es mi voluntad, no obstante, hacerla desde la serenidad y tras una lectura pausada de todo aquello que aún no he podido leer. Siempre me decía que cambiaría toda su producción por un libro de referencia. Pues lo tendrá, salvo que, como a él, me fallen las fuerzas. Su obra merece una compilación y una valoración de conjunto, algo que he prometido a su familia y que será para mí todo un honor poder impulsar.
No imagino mis trabajos sin sus cuidadosas anotaciones, mis luchas cotidianas sin sus sabios consejos, sin sus ánimos. Se me ha ido el maestro y el amigo pero me queda la enorme satisfacción de que me haya permitido llegar tan cerca, conocer tan a fondo su pensamiento y poder decirle lo mucho que lo respetaba. Todo lo bueno que sea capaz de hacer a partir de ahora será parte de su legado.
Maribel
Pd: hoy entiendo como nunca la impotencia del poeta...
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
(Elegía a Ramón Sijé, Miguel Hernández, 10 de enero de 1936)
|