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Ahora comprendo qué sentía Miguel Hernández cuando escribió su célebre elegía al amigo muerto. El destino no quiso que yo fuese poeta, pero me otorgó la suerte de compartir pupitre con Daniel en aquellas desvencijadas aulas de los setenta. Fuimos una promoción de gente rara y de muy diversa procedencia. Después de recorrer medio planeta, Daniel se había establecido en Sitges, era su lugar en el mundo, tan lejos de la comodidad familiar en Buenos Aires, a la que renunció en un gesto de comprensible rebeldía juvenil. En medio de aquel grupo extraño, sus opiniones sensatas y brillantes a la vez le hicieron brillar desde el principio. Teníamos profesores -unos mejores y otros deleznables-, pero yo me encontré con un maestro inesperado; de él aprendí más que de ningún otro profesor, porque me enseñó la tolerancia, el respeto, la generosidad, el altruismo, el rigor, la cordura; virtudes poco practicadas en aquel entorno. Decidió quedarse en un ambiente académico que siempre le fue hostil, ¡¡qué hacía un sudaca brillante en la corte de don Jordi!! Sólo quienes conocen el malévolo y ruin funcionamiento de las tribus universitarias pueden comprender que nunca se le permitiera alcanzar el puesto docente que su riguroso, lúcido y fecundo currículum científico-académico merecía.
Ahora se nos ha ido, en silencio, tal como llegó; a la comunidad le ha legado una obra tan extensa como brillante; a sus amigos nos ha dejado una huella imborrable y un vacío desgarrador; todos nos sentimos Miguel Hernández: "A las ladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero". |